Por Luis Alfredo Ortiz
Cada vez que Estados Unidos eleva el tono, México enfrenta una disyuntiva que no es nueva: ceder ante la presión o defender su soberanía.
Las recientes declaraciones de Donald Trump no son un desliz retórico; responden a una lógica histórica de imposición frente a países que considera subordinables.
Frente a ese escenario, la postura de la presidenta Claudia Sheinbaum es clara, firme y políticamente responsable.
Al afirmar que la cooperación no incluye intervención ni imposiciones, no confronta ni improvisa: cumple con su responsabilidad constitucional de defender la soberanía del Estado mexicano y hacer valer el principio de no intervención reconocido por el derecho internacional.
Durante años, otros gobiernos optaron por el silencio o la complacencia, confundiendo sumisión con pragmatismo. El resultado fue dependencia, debilitamiento institucional y pérdida de capacidad de decisión. Hoy, bajo la conducción de Claudia Sheinbaum, México dialoga con Estados Unidos, pero lo hace desde la dignidad, el respeto y la igualdad entre naciones.
Respaldar a la presidenta en esta postura no es un acto partidista, es un deber democrático.
La defensa de la soberanía no admite titubeos: es condición indispensable para cualquier proyecto de nación que aspire a la justicia social y a la autodeterminación.
Con Claudia Sheinbaum al frente, México ejerce su soberanía con firmeza, legalidad y memoria histórica. No se trata de cerrar el diálogo, sino de dejar algo claro: la soberanía no se negocia. Se ejerce.



















