-Ollin Chávez Hernández
La insistencia de Donald Trump en “comprar” Groenlandia no es una excentricidad personal ni una anécdota mediática: es una declaración de principios.
Su renovada propuesta a Dinamarca confirma una visión del mundo donde la soberanía es negociable y el poder económico pretende sustituir al derecho internacional.
Bajo el discurso de la “seguridad nacional”, Estados Unidos vuelve a legitimar la apropiación como estrategia.Groenlandia no es un capricho. Su ubicación en el Ártico, sus recursos naturales y su valor militar la convierten en una pieza clave en la disputa geopolítica global.
Sin embargo, reconocer su importancia estratégica no justifica el método. Trump no propone cooperación ni acuerdos multilaterales: impone condiciones.
Los aranceles de hasta 25 % a países de la Unión Europea revelan que su política exterior se basa en la coerción económica, una forma de violencia menos visible, pero igualmente eficaz.
La llamada doctrina “Donroe” es, en esencia, una reedición cruda de la Doctrina Monroe: una narrativa que asume que Estados Unidos tiene un derecho natural a decidir sobre territorios ajenos.
La diferencia es que hoy se expresa sin diplomacia y sin disimulo. El mensaje es claro: la alianza no garantiza respeto; la cercanía no protege de la presión.Este precedente resulta especialmente alarmante para países como México. Si un aliado europeo puede ser condicionado por intereses estratégicos, ¿qué queda para una nación que históricamente ha sido tratada como zona de influencia?
La relación bilateral ha estado marcada por intervenciones directas, presiones económicas y amenazas veladas que reaparecen cada vez que conviene al discurso político estadounidense.
Mientras proyecta poder hacia el exterior, Estados Unidos exhibe una profunda crisis interna. Violencia policial sistemática, criminalización de la migración, operaciones del ICE que vulneran derechos humanos y una emergencia de consumo de drogas que el Estado no ha sabido enfrentar.
Estas fallas no son aisladas: forman parte de un modelo que prioriza el control y la fuerza por encima del bienestar social. La política exterior agresiva funciona, en este contexto, como cortina de humo y como herramienta de cohesión interna.No sorprende, entonces, que México aparezca recurrentemente en la narrativa de la “seguridad” estadounidense.
El narcotráfico se convierte en pretexto para justificar una posible intervención, ignorando que la cooperación en seguridad debe partir del respeto mutuo. Colaborar no implica ceder soberanía ni aceptar tutelas disfrazadas de ayuda.Hoy es Groenlandia; ayer fue Venezuela; mañana puede ser México.
En pleno 2026, permitir que la fuerza y el interés económico se impongan sobre el derecho internacional no es un retroceso accidental: es una decisión política. Y frente a ella, el silencio no es neutralidad, es complicidad.




















