Han pasado dos semanas desde que Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny, logró algo que pocas figuras públicas consiguen: erizar la piel y generar un sentimiento de pertenencia colectiva entre millones de latinoamericanos durante el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl.
Su retórica, centrada en el amor como fuerza capaz de trascender el odio, se sintió como un contrapeso simbólico frente a políticas restrictivas y discursos excluyentes impulsados desde el gobierno de los Estados Unidos, incluso hacia su propia población migrante.
Conviene dejar algo claro: no estoy en contra de la unión latinoamericana. Tampoco niego la emoción que produjo ver nuestra identidad reivindicada en uno de los escenarios mediáticos más poderosos del planeta. La piel se me erizó, como a muchos.
Sin embargo, la emoción no cancela la reflexión.La semana pasada, en un momento de ocio, me encontré con la serie “Fuimos los afortunados”.
La historia retrata, de manera tan emotiva como angustiante, la odisea de una familia judía polaca durante la Segunda Guerra Mundial. Más allá del drama histórico, la serie obliga a mirar de frente el trauma, el desarraigo y la violencia sistemática que empujaron a millones de personas a huir para sobrevivir.
No es una recomendación televisiva lo que motiva esta columna, sino la inevitable comparación que suscita. Porque mientras recordamos, con justa razón, los horrores de hace más de 80 años, hoy existen territorios donde la devastación también es cotidiana.
La Franja de Gaza se ha convertido en escenario de una crisis humanitaria prolongada, con miles de civiles atrapados entre bombardeos, desplazamientos y carencias extremas.
Las imágenes contemporáneas dialogan incómodamente con las del pasado. Cambian los protagonistas; el sufrimiento civil, no tanto.Por eso surge la pregunta: ¿por qué el discurso de amor, en una plataforma global como el Super Bowl, se limitó a América Latina? ¿Por qué no amplificar también el dolor de Palestina o de otras regiones donde la dignidad humana está en juego? No se trata de competir por tragedias ni de restar importancia al antisemitismo histórico, que debe condenarse sin ambigüedades, sino de reconocer que la defensa de la vida y la justicia no puede aplicarse selectivamente.
El espectáculo funcionó, sí, como un bálsamo. Pero también puede leerse como un gesto cuidadosamente encuadrado dentro de una industria que, en muchos casos, mantiene posturas alineadas con intereses geopolíticos concretos.
Muchos de quienes financian y sostienen esos grandes escenarios mediáticos respaldan abiertamente al Estado de Israel, mientras la crisis en Gaza recibe una cobertura fragmentada o políticamente matizada.
La cultura de masas no es neutral; es parte de una estructura de poder que decide qué causas se visibilizan y cuáles se administran.Insisto: celebro la unión entre pueblos históricamente marginados. Creo en el amor como fuerza transformadora.
Pero también creo en la responsabilidad crítica frente a lo que consumimos. No basta con emocionarnos; debemos preguntarnos a quién beneficia cada narrativa, qué silencios la acompañan y qué conflictos quedan fuera del encuadre.
Y esa reflexión no puede limitarse a los grandes espectáculos globales. También alcanza lo que reproducimos cotidianamente en nuestras plataformas, en nuestras fiestas y en nuestras listas de reproducción. Si exigimos coherencia ética en los escenarios internacionales, debemos ejercerla también en casa.
¿Qué valores normalizamos cuando consumimos contenidos que romantizan la violencia, el poder armado o la economía del narcotráfico? Los narcocorridos, por ejemplo, forman parte de una expresión cultural compleja y con raíces sociales profundas, pero no están exentos de crítica cuando convierten en aspiracional un modelo sostenido por la muerte, el miedo y la impunidad.
Pensar en lo que consumimos es también una forma de responsabilidad política.La historia atroz puede repetirse; sólo cambian los nombres: judíos, palestinos, venezolanos, cubanos, mexicanos, cristianos, musulmanes, mujeres, personas racializadas. La lista es larga y dolorosamente transversal.
Cualquier objetivo político, económico o social pierde legitimidad cuando, en su ejecución, se sacrifica la humanidad. Y el amor, si ha de ser verdadero, no puede tener fronteras selectivas ni solidaridades condicionadas.




















